El proyecto de independencia catalán es romanticismo nacional. 

A raíz de la crisis financiera de 2008, creció el movimiento independentista catalán. En 2011 culminó. Las protestas contra la crisis financiera se nacionalizaron. Era culpa de España, se dijo, con lo que se sentaron las bases para un proteccionismo nacional democrático autoritario, que hace pensar sobre todo en el Brexit y en Trump.

Se asemejaba a lo que estaba sucediendo también en el resto del mundo. En Atenas, Madrid y Lisboa se protestaba violentamente contra los recortes. Al principio, estas protestas fueron una especie de revuelta global. Pero rápidamente se intentó traducir las protestas a luchas nacionales locales, los partidos políticos de izquierdas las canalizaron hacia el marco nacional democrático establecido, en el que el bienestar nacional pasó a equivaler a control nacional.

Esta nacionalización de las protestas es una parte de la explicación del desarrollo posterior, en el que un aislacionismo nacional democrático autoritario ha establecido la agenda, como en el caso del Brexit, de Trump o de la lucha catalana por la independencia. 

En la lucha contra las crisis financieras, el Estado nacional aparece como la solución. Esto es especialmente evidente en Cataluña. La causa es tan lógica como ingenua. La responsabilidad se ubica en los bancos no reglamentados e irresponsables, las instituciones supranacionales y los burócratas no electos de la UE, el FMI y el Banco Mundial. Y en España. La solución es, por tanto, crear de nuevo una soberanía nacional imaginada votando a favor de la idea de la misma. Esta idea se decora en Cataluña en forma de una historia de sufrimiento sobre el modo en que su cultura y su lengua han sido reprimidas. No menciona cómo hoy en día la misma lengua se usa como mecanismo de exclusión, que afecta en especial a los grandes grupos de ciudadanos latinoamericanos en la región, que se ocupan de limpiar las casas mientras cuidan de niños y ancianos.

El estribillo de la lucha catalana por la independencia es bien conocido: Hemos de devolver el poder decisorio a Cataluña, y nosotros solos gestionaremos la economía. Pero ninguna economía nacional de gestión estatal puede controlar los movimientos de la globalización y cambiar el rumbo de una crisis de muchos años. Es ingenuo. 

El romanticismo nacional encierra connotaciones racistas. La nación como solución. Una lengua. Es extraño que esto no suscite más intimidación en Europa. Las izquierdas europeas no intentan poner dique a los retrocesos racistas, sino que hoy día forman parte de ellos. Mientras Carles Puigdemont habla de libertad y democracia, es evidente que lo que se persigue no es que tenga éxito un pueblo global, sino que lo tenga un pueblo catalán. Recuerda a Trump, que quiere hacer ”America great again.”

La campaña por la independencia catalana ha sido iniciada socialmente, y si tuviera un mínimo de crítica del capitalismo, debería luchar en contra del estado nacional. Es en este aspecto en el que los catalanes actuales no tienen nada que ver con los catalanes que George Orwell homenajeaba en su tiempo. 

En el Manifiesto del Partido ComunistaMarx y Engels terminan esbozando un programa mínimo revolucionario: Debe abolirse la propiedad privada, y el estado nacional debe desaparecer. 

Si los catalanes desearan realmente luchar contra un aislacionismo nacional democrático y quieren algo distinto al control lingüístico y cultural, deben descartar la idea del estado nacional y la noción del “bienestar nacional”. Deben renunciar a la idea de la nación como solución, puesto que por definición excluye a todos aquellos que están fuera, y que constituyen el marco para las relaciones sociales capitalistas.